Las malas pulgas de Mohamed VI

Empezó su reinado como el rey de los pobres. Trece años después, es el primer banquero de su país, el primer asegurador, el primer terrateniente, el primer dueño de supermercados…

Cuando los que le han ayudado a alcanzar esta envidiable posición le tosen, suelen recibir una tanda de bofetadas y unos cuantos escupitajos. Para verle de buen humor, hay que salir de Marruecos. Todo esto se encuentra en un libro de reciente aparición, El rey predador.

A veces, Mohamed VI empieza sus mañanas exigiendo que le traigan la decena de coches de alta gama que forman parte de su colección privada para elegir el que conducirá durante el día. ¿Las marcas? Ferrari, Aston Martin o Maybach. Pero a sus cortesanos, más que el diseño o la potencia del bólido les importa saber quién ocupará el asiento del copiloto; así sabrán si cuentan o no con la confianza de un monarca más proclive a los gestos que a las palabras.

La oportunidad es única: son escasas las ocasiones en que el rey despacha con sus ministros o con los miembros del Majzen. Ese ensamblaje integrado por allegados a la Corona -empresarios, generales, políticos…-, es, desde tiempos inmemoriales, el verdadero poder fáctico de Marruecos y opera al margen de las instituciones. Ahora, para acceder a Mohamed VI lo mejor es haberle tratado desde la infancia. Por ejemplo, haber sido su compañero de pupitre en el Colegio Real.

Este último no era un centro al uso sino una clase de doce alumnos, seleccionados por Hasán II entre los retoños de las mejores familias del país y también entre representantes de estratos sociales más bajos. Todos ellos estudiaron junto con el heredero dentro de los muros de palacio.

De ese grupo procede Fuad Alí El Hima. Viceministro del Interior entre 1999 y 2007, presidente hasta 2011 del Partido Autenticidad y Modernidad -creado y fomentado desde el palacio real para intentar frenar, sin éxito, al islamismo-, hoy es simple asesor en el gabinete del rey. Pero su influencia trasciende la aparente modestia de su cargo: es, de hecho, el único interlocutor del rey en asuntos políticos.

En los económicos, la persona de confianza es Munir Majidi. El rey le conoció a través de uno de sus primos. Sin embargo, la intimidad de Mujidi con el soberano no es un impedimento para que padezca su cólera, palizas incluidas.

Ocurrió en 2006. Un día en que Mohamed VI presidía una reunión de sus gestores de patrimonio, en el momento menos pensado se levantó de su sitio, se dirigió hacia Mujidi, le arrojó al suelo y le golpeó violentamente al tiempo que le decía “¡Para que veas a dónde nos llevan tus negocios podridos, so incompetente!”. No fue el caso más trágico.

Pulla paterna

Ese mismo año, un vapuleo por parte del rey -completado con escupitajos y la confiscación de las llaves del coche oficial-, pudo acabar con la vida de Mohamed Moatassim, un jurista con responsabilidades en el espinoso asunto del Sáhara Occidental; aunque nunca se supo toda la verdad, el jardinero de Moatassim le habría salvado in extremis, cuando ya se había tirado a su piscina atiborrado de pastillas. ¿Estaría Mohamed VI maltratando a otros como él fue maltratado en su infancia?

Éric Laurent y Catherine Graciet, autores de El rey predador, lo dejan entrever: pese a las apariencias y a lo vendido por la propaganda, la vida del monarca alauí antes de asumir el trono no fue un camino de rosas; especialmente en lo tocante a las relaciones con su padre, Hasán II.
Quien reinó con mano de hierro sobre Marruecos entre 1961 y 1999 trasladó a la educación de su hijo el mismo estilo que aplicó a sus súbditos: estrecha vigilancia y castigos corporales. Como aquella vez en que el anterior rey dio veinte latigazos al entonces príncipe heredero y a su primo el príncipe Mulay Hicham porque pensaba que ambos estaban demasiado mimados por el servicio doméstico.

Por si fuera poco, el fallecido rey soltó a Laurent la siguiente pulla sobre su heredero: “Por nada del mundo quisiera que mi país fuera víctima de un error genético”. Esto y otros incidentes intensificaron el sentimiento de humillación de un Mohamed VI que siempre se sintió peor tratado que el resto de familiares.

Por eso, Laurent y Graciet afirman que el vigésimo tercer monarca de la dinastía alauí estaría todavía reteniendo buena parte de la herencia de Hasán II que corresponde a sus tres hermanas y a su hermano, a los que solo habría otorgado la propiedades, las tierras y los bienes inmobiliarios. Las relaciones entre todos ellos son tensas. El que quiera toparse con el rey más risueño y relajado tendrá que viajar fuera de Marruecos. A París, por ejemplo.

Espaguetis

La capital francesa fue durante tiempo -en su etapa de príncipe heredero y en la de rey hasta que se casó- su destino predilecto para correrse unas buenas juergas y tratar en la intimidad a sus estrellas favoritas. Una de ellas es el roquero Johnny Halliday; logró lo imposible: sacar a relucir el sentido del humor del soberano.

Durante una cena que le ofreció en su casa, Halliday le dijo: “Qué velada tan agradable, pero qué pena que tenga que llamarle majestad”. Respuesta del aludido: “Hasta mis hermanos me tienen que llamar así, pero a ti te dejo que me tutees”. Unos minutos más tarde, Halliday, ni corto ni perezoso, espeta a Mohamed VI: “¿Quieres más espaguetis, majestad?”. Una escena impensable en sus predios.

Que se lo digan a Ahmed Benseddik, director de una estación termal situada cerca de Fez. Tras recibir oficialmente a Mohamed VI, le retuvo durante unos minutos para informarle acerca de los problemas de seguridad de la estación. El monarca le escuchó atentamente y se marchó. A los pocos días, Benseddik recibió una carta anunciándole su cese por haber “acosado al rey” y haber “faltado el respeto a las más altas autoridades del país”.

Precisamente, es en las altas esferas donde el soberano ha hecho gala -con la ayuda de El Hima y Majidi- de su mayor dureza para asentar su poder. Más aún, cuando se trata de los antiguos colaboradores de su padre. Fue el caso de Driss Basri.

Ministro de Interior durante dos décadas -de facto, número dos del régimen-, fue despedido sin contemplaciones en los albores del nuevo reinado. La misma suerte corrieron Mohamed Mediouri y Abdelfattah Frej, respectivamente jefe de la Seguridad y secretario personal del Hasán II. Esos ceses fueron acogidos con alegría por quienes albergaban una democratización del régimen. Trece años después, este se ha fosilizado aún más. La tendencia es perceptible en la economía.

En julio de 2009, la revista Forbes cifraba en 2.500 millones de dólares la fortuna personal de Mohamed VI, situándola por encima incluso de las de los emires de Catar y de Kuwait. Pese a ser un hedonista confeso y un inversor avispado, Hasán II nunca apareció en esa lista. La explicación que dan Laurent y Graciet al aumento sustancial del patrimonio real tiene que ver con el expolio al que el rey y Majidi han sometido a la economía marroquí. El instrumento ha sido un antiguo holding.

Sedientos

Para tener influencia en el progreso económico de su país, la familia real se convirtió, una vez lograda la independencia en 1956, en accionista del Omnium Norte Africano (ONA), el consorcio que administraba la economía colonial. En 1980, Hasán II compró la mayoría de las acciones y lo desarrolló hasta controlar sectores enteros de la economía marroquí. Para su hijo, estos tentáculos eran cortos: había que eliminar a los competidores. Dos conocidas empresas lo comprobarían muy pronto.

En 2005, Majidi y su equipo quisieron hacerse, en nombre del ONA y de su dueño, con el control de la actividad de la aseguradora Axa en Marruecos -hasta entonces solo tenían un 49 %-. Desde París dijeron que estaban dispuestos a negociar, pero con base en un precio justo. Como el ONA no lograba imponer su criterio, empezó a favorecer descaradamente a otra aseguradora hasta conseguir que Axa se marchara de Marruecos. Una suerte similar corrió la cadena de supermercados Alcampo.

Hasta hace pocos años era líder de la gran distribución en Marruecos y su central de compras orientaba un sector en plena expansión. Una situación intolerable para el ONA, que impuso a dos filiales suyas como piezas clave del abastecimiento. Como Axa, Alcampo también se fue. El solar ya estaba libre: además de la notable reducción de costes, las cadenas de supermercados del ONA violan alegremente la ley islámica al vender alcohol en sus centros. Las demás lo tienen prohibido.

Donde el ONA no sufre ningún tipo de competencia es en la explotación de minas de oro, y su gula es imparable: en vez de aprovechar el monopolio para favorecer a la población, la arruina y la hace pasar sed. El mecanismo es el siguiente: para extraer el oro, son necesarios miles de litros de agua que se sustraen de los trasvases que abastecen a los agricultores y a su ganado. Hay protestas, pero en vano.

Los abusos se repiten el sector bancario, en el energético, en la agricultura y en muchos más. Tras trece años en el poder, el rey que quería ser moderno ha conseguido que los 32 millones de marroquíes sean, además de sus súbditos, sus clientes.

Juntos y revueltos

Que sean las dos personas más próximas a Mohamed VI no significa que El Himma y Majidi se aprecien; más bien lo contrario: el soberano ha fomentado la rivalidad entre ambos. El Hima se convenció a sí mismo de que Majidi encabezaba un complot profrancés cuyo objetivo era controlar la economía marroquí. En presencia del jefe de los servicios secretos, sometió a Majidi a un duro interrogatorio. Por si las moscas, el interrogado tiene por costumbre no contestar nunca a los sms y de no disponer de una cuenta de correo electrónico.

Fuente : Lacrima Seca, 15/04/2012
Tags : Marruecos, Mohamed VI, el rey predador, El Himma, Majidi,

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